[31 de marzo] Kimihiro Akemi

kimihiroakemicon1Llevaba varias horas despierta (exactamente, desde las cinco de la mañana). El día amaneció cuando casi estaba acabando la maleta. Era muy propio de mí dejarlo todo para el final. De todas maneras, ya era una rutina. El despertador sonó, perezoso, solo para indicarme que mí familia estaría ya levantada, y era la hora de desayunar. No había prisa, vivía prácticamente al lado del colegio. A cinco minutos andando. Tampoco tenía que hacer esperar a nadie, porque no tendría compañía alguna hasta allí. Vivía en un barrio bastante bueno de Tokio (con solo mencionar el Seikatsu Gakuen, extrañamente, todo el mundo sabía en cual.) Me puse rápidamente el uniforme de invierno, y bajé a desayunar. Nada parecía indicar que aquel fuese el primer día de mi tercer año de colegio en el Seikatsu Gakuen. Yumi empezaba en una semana, así que la cosa estaba bastante tranquila. Y a mí solo me interesaba lo que le pasaba a mi hermana.

- Buenos días – dije casi en un susurro.
- ¡Buenos días, one-chan~~!- casi gritó Yumi al verme. Esbozó una de esas calidas sonrisas que sospechosamente, estarían relacionadas con el cambio climático.
- Buenos días- al unísono, mis padres levantaron la cabeza para mirarme y observar, que, efectivamente, era una mañana más en la que no sonreiría como antes, no les abrazaría enérgicamente como antes y no me mostraría, en definitiva, tan “yo” como antes. Porque nada iba a cambiar. Era una mañana más en mi vida.
Les dirigí una inexpresiva mirada que dejaba claro que no se hicieran ilusiones en cuanto mi comportamiento. Cogí un cuenco de arroz y me senté silenciosamente junto a Yumi, que no perdía la sonrisa.
- Hoy he quedado con Rumiko-chan para ir al zoo. Tenemos que aprovechar los últimos días de vacaciones. Pero no se si Yoruichi-san nos podrá llevar, tiene mucho trabajo en la oficina. También teníamos pensado ir en tren.
- Dile a Rumiko-chan, que os llevaré yo, así Yoruichi-san no tendrá que preocuparse.
- ¡Arigatoû okaa-san!

Rumiko-chan era la mejor amiga de mi hermana, pero también mi prima pequeña. Las dos tenían la misma edad, siete años. Yoruichi-san era, obviamente, mi tía, la hermana de mi padre. Trabajaba en publicidad, por eso, estos últimos días había tenido más trabajo por los innumerables anuncios que se emitían por la televisión. La vuelta al “cole”, ya se sabe.

-Akemi, ¿no tienes intención de ir con nadie al Seikatsu Gakuen? – preguntó intencionadamente mi madre.
Negué de forma energética.
- No hace falta.
- Pero…Akemi.
-He terminado, me voy- dije con un tono cortante, dando por finalizada la conversación. Casi no había tocado el cuenco de arroz, pero no quería permanecer allí ni un minuto más.

Subí los escalones de dos en dos y entré en mi habitación. La maleta ya estaba acabada, pero faltaba mi bolso…y peinarme. Hice esto último sin muchas ganas y reuní las cosas que pensaba llevarme encima de la cama: un espejito de mano; el monedero (que muchos yenes no tenía, mis padres me habían prometido mandarme más, no sabía si creérmelo); una calculadora (dentro estaban mis ahorros secretos); un lápiz con una goma y una libreta; el móvil; y por último el mp4. Lo encendí y eché un último vistazo a mis cosas, a sabiendas de que no volvería a verlas en un tiempo: mi cama; el escritorio (con algunos papeles todavía por encima); la tele (¡dios, como echaría de menos la tele!); y el tablón. Me fijé en este último con más atención. En él, había una foto clavada con una chincheta. En ella, salíamos Miki y yo. Aunque mi cara estaba emborronada con rotulador negro, de modo que no se veía. Yo misma lo había hecho. Tampoco me miraba al espejo. Quería olvidar mi cara. Quería olvidar a la asesina de Miki. Subí el volumen de la música.

Cogí todas mis cosas, con la bolsa que tenía el ordenador y bajé al primer piso. Estaba toda mi familia. Les miré inexpresivamente. Mis padres se acercaron a darme un abrazo y a desearme suerte, no era una despedida especialmente animada. A la derecha, estaba el caballete de mi abuela, que era pintora, de las mejores. Ella me había enseñado. Involuntariamente, me vinieron a la mente las últimas palabras que me había dirigido, aquellas que tanto me había esforzado en no recordar. “El artista pinta lo que siente, el artista pinta lo que es”

La puerta estaba abierta, tan sólo la traspase. Justo en ese momento sonaba Life, de Mika Nakashima (mi cantante favorita). Cuando salía ya por la puerta del jardín, oí que alguien me llamaba débilmente. Me di la vuelta. Era Yumi, no me había despedido de ella todavía, porque ella siempre salía todos los años a despedirme al jardín. Era mejor así, siempre tenía algo que decirme, que no tenían que oír mis padres. Me quité uno de los cascos, cosa que solo hacía con ella. No dejaba de escuchar música cuando estaba hablando con la gente. Generalmente, bajaba un poco el volumen, suficiente para poder escuchar lo que tenían que decirme. No solía mantener conversaciones largas con el resto de la humanidad. Era consciente de que esto suponía una falta de respeto. Siempre he pensado que para cada momento existe una canción, y sin esta, lo que esté ocurriendo no se entiende totalmente. Y de eso me encargaba yo, de poner música al momento.

- Akemi… vuelves a estar triste- y esto me lo estaba diciendo una niña de siete años- mamá y papá hablan mucho del tema. Cada vez que vuelves al colegio estás más y más triste.
- No te preocupes Yumi…
- Por favor Akemi, vuelve a sonreír como antes.- suplicó casi en un susurro
No pude complacerla. No podía sonreír, era incapaz, lo había olvidado. Lo único con lo que pude corresponderla fue con una extraña mueca de tristeza. Pensaba que Yumi se pondría a llorar, pero hizo todo lo contrario. Sonrió calidamente. Ella sonreía por las dos.
-Adiós one-chan, cuídate y haz muchos amigos- tiene narices que esto me lo tenga que decir mi hermana pequeña – cuando vuelvas…sé que sabrás sonreír.
Nos abrazamos unos segundos. Ojala hubiese podido meterla en una maleta…Nos separamos, y finalmente, me fui.

Vivía, como os estaba contando antes, en un vecindario muy conocido. No solo por el Seikatsu Gakuen. Mi barrio estaba lleno de mansiones. Muchas de las personas que vivían allí eran ídolos de Japón. Aunque no lo pareciese, era especialmente adicta a los doramas. Había oído a algunas chicas que pasaban por la calle decir que una actriz muy conocida vivía desde hacía poco allí. Aunque en ese momento no conocía a Miwako, me lo habría imaginado. Aprovecho estos cinco minutos para contaros mis años anteriores a aquel en el Seikatsu Gakuen. Miki falleció un mes antes de entar en el colegio, exactamente una semana antes de que se supiesen los resultados de los exámenes. Cuando fui a comprobar mi admisión, descubrí que Miki había sido aceptada. Aunque ella no podría estudiar en el instituto, siempre había su sueño entrar en el Seikatsu, así que decidí que yo lo cumpliría por ella.

En el primer año, mi tutor fue Takamori Yusuke, también conocida como el profesor de Biología. Siempre he tenido muy buena relación con él. Aunque hay que especificar lo que yo entiendo por “buena relación”. Dícese de aquella relación de tratamiento frío y momentos de unión escasos. Vamos “vive y deja vivir”. El momento en el que más unidos estuvimos fue cuando Kaede, “misteriosamente”, se enteró de lo que le hice a Miki. Esto supuso que el club de fans que acarreaba detrás intentase sacarme los ojos. A partir de ese momento, la gente empezó a murmurar sobre qué tipo de persona era. En aquella época perdí dos cosas, la sonrisa y la posibilidad de tener amigos. También conocí a Yamaguchi. Me llamó la atención porque desde el primer mes acabó teniendo un club de fans. Fue ella la que me puso mi mote, Kemi (aunque solo me lo llamaba ella). También conocí a Aoki. Lo poco que puedo decir de él es que siempre ha sido mi rival en las notas. Por alguna extraña razón siempre se empeñaba en superarme deliberadamente (aunque no siempre lo conseguía). Estábamos bastante igualados. Los tres coincidimos en clase en nuestro primer año.

En el segundo año, mi tutor fue Takatsuka Sosuke. “Profe” de Mates. Éramos muy diferentes. Aunque en sus clases fuese un verdadero hacha, fuera tenía el típico club de fans que le seguía a todas partes, por no hablar de Yamaguchi… A pesar de ello, me encantaban sus clases, hacía las matemáticas amenas, divertidas e impartía su asignatura con dedicación ¿qué más se le podía pedir a un profesor? De alumnos, la única con la que me relacioné un poco más fue con Rina Tsuruya. Pasábamos mucho tiempo en la Biblioteca estudiando juntas. Los encuentros eran, generalmente, sin premeditación, a no ser que nos pusieran un trabajo para clase de por medio. Era una persona callada, pero con una sonrisa preciosa que rivalizaba con la de mi hermana. ¡Qué envidia! Era una de las mejores estudiantes del curso. Había oído muchas cosas sobre ella en el Seikatsu: su padre poseía una gran compañía, y la mayoría de los alumnos pensaba que había entrado en el colegio con el dinero de su padre, pero cualquiera que hubiese estudiado alguna vez con ella, o hubiese hecho un trabajo para clase en el mismo grupo, se daría cuenta de que se esforzaba en cada paso que daba. En cierta manera. Me recordaba a Miki. En el segundo trimestre Kaede se encargó de ponerme un segundo mote: Asesina. Esto supuso un poco el distanciamiento con Tsuruya, pero no me importaba, estaba mejor así.

Ya podía ver las grandes puertas del Seikatsu Gakuen, uno de los institutos más prestigiosos de todo Japón abriéndose para los nuevos y veteranos estudiantes en un año más de clases. Vi algunas chicas de primer año lanzando grititos de alegría al pisar por primera vez el patio del colegio. Por un momento pensé que no sería para tanto, pero había que contar con que el profesor Takatsuke acababa de hacer su aparición, y claro, obviamente merecía la pena emocionarse. Saqué del bolsillo delantero de la maleta el papel que debería entregar en secretaría con la optativa. La mayor parte de los estudiantes elegirían Español por el nuevo Sensei que el colegio había contratado. A mí, no me interesaban eso temas, pero había que reconocer que el chico parecía sacado de un dorama. Entré apresuradamente en la recepción (un precioso edificio con paredes de un mármol blanco impecable), en el mostrador me esperaba el subdirector. Me saludó de manera educada, como de costumbre (¡si es que no había cambiado absolutamente nada!)

- Buenos días Kimihiro, ¿Qué tal estos días de descanso? – sonrió divertido al ver que le entregaba el papel y levantaba ligeramente la cabeza para mirarle a los ojos.
- Buenos días. Bien, espero que el suyo también, nos vemos.
Me despedí con una inclinación de cabeza, al igual que él, pero antes me tendió unos cuantos papeles, que contenían la información de mi habitación, mi compañera, mi horario y mi clase. Este año me tocaría como tutor Motoyuki Ken, el “profe” de Sociales. Me caía bien.

Salí rápidamente por la puerta, vi de reojo como Yamaguchi entraba en recepción, con el mismo motivo que yo. Ella no me vio, y yo no iba a saludarla (¿Acaso pensabais que sí?). Leí los papeles, que seguía manteniendo en mi mano, quería saber en qué habitación y, para qué negarlo, con quién. Recorrí rápidamente las líneas y me quedé de piedra al saber quién era mi compañera de habitación: Tsuruya. No sabía si ir a reclamar o qué hacer. Ya lo pasó mal por mi culpa en el segundo año (Kaede, como no, convenció a la mayor parte del instituto de que era mi cómplice en el asesinato de mi mejor amiga ¬¬U). No me importaba lo que dijesen de mí, porque me lo merecía, no lo iba a negar tampoco, pero Tsuruya no tenía nada que ver conmigo. La chica, a pesar de eso, no quiso dejarme sola, y seguía haciendo todo igual que antes de que Kaede dijese nada. Al final, quien no pudo soportarlo, fui yo, le pedí que me dejase sola. Ahora ya no se si me siento culpable por tratarla así, o por no haber hecho aquello antes. Se ve que no puedo estar con nadie sin que pase algo malo. ¡Soy gafe! Alguien interrumpió mis pensamientos, estaba leyendo por encima de mi hombro.

- ¡Vaya, Kimihiro, te ha tocado con Tsuruya!- la profesora Mashasi me sonreía alegremente.- dime que te has apuntado a Tareas Domésticas, por favor, Serizawa-sensei me está quitando a todos los alumnos (y alumnas TT__TT).
- Sí, Mashasi-sensei, elegí su clase como optativa- hice una de mis típicas muecas que intentaba sustituir a una sonrisa. La profesora agradeció el intento.
- ¿Mashasi- sensei? Pareces de primer año cuando me llamas así.
- Perdón, Namie-san.- tenía que seguir hacia las habitaciones, la maleta cada vez me pesaba más y tenía ganas de tumbarme en la cama y hacerme la muerta un rato.- Nos vemos.

Me despedí con una pequeña inclinación de cabeza a la que ella respondió con una sonrisa. Seguí por el camino baldosado, tirando como podía del enorme armatoste que tenía por maleta, en aquel momento resonaban en mis oídos las estrofas de Misery Business (Paramore). El ala de las habitaciones no estaba tan alejada. Llegaría en un momento hasta ellas. Cuando cruzaba por uno de los (estrechos) caminos, sentí que alguien me empujaba. En el suelo, levanté la mirada para ver quien era aquella persona. Kaede.
- ¡Huy! Perdón, no sabía que hubiese nadie en el camino. Pero tranquila, ¿eh?, no me mates, asesina. Mira por donde vas.
Yo no dije nada, simplemente me levanté. Cuando me disponía a marcharme, Kaede me agarró del hombro.
-Aún no te has disculpado.- dijo riéndose cruelmente, mientras su séquito le seguía el juego.

Me zafé de su mano y seguí mi camino. Que no esperase de mí más que miradas envenenadas y planes de asesinato, que no estaba segura si se llegarían a cumplir algún día. La música resonaba en mis oídos con fuerza, y hacía que me marease. Me debía de haber hecho daño en la muñeca, porque sentía pequeños pinchazos de dolor. Notaba que la sangre fluía a través de ella. Vale, sí, definitivamente me dolía la muñeca como para irme a quejar a la enfermería. Me desvié de mi camino (que ya se estaba alargando más de lo necesario), y me fui derecha a la enfermería. El panorama allí era desolador. Koishikawa-san estaba en el suelo, había un grupo de chicos que se encontraban en lamentables condiciones (por culpa de unas maletas rusas, o algo así, no lo oí bien) y la profesora de literatura, Aizawa-san, estaba en proceso de reanimar al verdadero enfermero.

- En fin, vuelvo luego.- dije dando media vuelta y marchándome.
En la puerta de la enfermería me encontré con Toshiro-san, que miraba con aire preocupado el mismo panorama que yo ya me disponía a dejar tal y como estaba.
- ¡Kimihiro! ¿Sabes lo que ha pasado?- me observó de arriba abajo, y se fijó en mi muñeca.- ¡¿Qué te ha pasado, cómo te has hecho eso?! – parecía más preocupada que yo.
- Nada, una mala caída.- intenté escaparme, pero no hubo suerte
-¿Y por qué no dejas que te examine la mano Koishikawa?- me dijo, cogiéndome de la muñeca sana.
Me volví para observar la enfermería.
- ¿De verdad creé que Koishikawa-san está disponible?
Ella echó un vistazo grave a su alrededor y me soltó.

- No, realmente no.- sonrió- It’s OK. Bye bye~~ darling!

Memoricé el número de mi habitación, y metí los papeles en el bolsillo delantero de la maleta. Ahora debía tener las manos libres para poder llevar la maleta más fácilmente. Salí otra vez al patio principal, y me orienté hasta que conseguí saber por donde debía avanzar hasta las habitaciones. La verdad es que el colegio valía lo que costaba la enseñanza en él. Era un instituto impresionante, de cara al público, como un sueño inalcanzable. Y eso era exactamente el Seikatsu, el colegio con el que soñaría cualquiera, porque de puertas para afuera, era perfecto. Seguí por el camino baldosado. Miré un poco a mí alrededor: veía caras que me eran conocidas, y otras que no había visto en mi vida. Me fijé en las altas cristaleras poblaban las paredes, la vegetación adornaba las estancias…Me choqué contra alguien, y estuve a punto de caer, si no hubiese sido porque la persona con la que choqué me cogió por el brazo. Me había golpeado en la muñeca mala.

- ¡Ay!- gemí inconscientemente.-¡Qué daño!
- ¡Kimihiro! Disculpa. ¿Qué te ha pasado en la mano? La tienes hinchada.
El profesor Takamori me cogió suavemente la maño, preocupado.
- No tiene buen aspecto, ven, te acompañaré a la enfermería.
-¡No! ¡A la enfermería no! – Dije entre sofocos – Ahí no hay quien entre.
Takamori-sensei me cogió la maleta.
- Entonces te vendaré la muñeca en tu habitación. Te acompaño.
- No hace falta…
- Insisto – dijo el cortante.

¡Genial! Lo que me faltaba para que Kaede me acabase de coger manía. Que su profesor favorito, del cual es la presidenta de su club de fans, me acompañase hasta mi habitación llevando mi maleta. Me denunciarían por maltrato a un profesor. Ninguno de los dos dijo ni una palabra más. Solo le seguí mientras me acompañaba hasta la puerta del ala, donde se paró un momento.

- ¿Qué número es el de tu habitación?
Se lo dije rápidamente. Subió mi maleta hasta la habitación y se acercó al cuarto de baño para abrir el botiquín y sacar las vendas y una especie de pomada que olía raro. Se sentó en la cama, y me indicó que hiciese lo mismo.

- Creo que es un esguince de muñeca, si no la esfuerzas, seguramente se te cure en una semana. – dijo mientras aplicaba la pomada y empezaba a vendarme.

Me estaba vendando muy fuerte, y me hizo algo de daño.

- ¡Ay!- Takamori-sensei paró un momento de vendarme- no se preocupe, continúe.
El profesor continuó con su labor. Cuando hubo acabado, me puse en pie e hice una rápida reverencia.
- Siento haberle causado problemas.- intentaba ser educada, nada más – Muchas gracias.
El profesor sonrió. Se levantó y se dirigió hasta la puerta. Paró un momento en el marco.

- No hay de qué, Akemi-chan.- dijo casi en un susurro.

Me di rápidamente la vuelta, porque me resultó extraña la manera en la que me llamo. Bueno, en realidad no me importaba. Porque al fin y al cabo, y aunque me esforzase en intentar olvidarlo, todavía necesitaba que alguien me dedicase palabras amables. Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Todavía no me había quitado el mp4 desde que había salido de casa. Como cada vez que me disponía a dormir, me vino a la cabeza Miki. Me contraje sobre mi misma. Algunas lágrimas se me escaparon. Todavía me sentía muy culpable por lo que había pasado, pero, aunque hubiese olvidado como sonreír, aunque todo lo que dibujase se volviese oscuro en mis manos, aún así, quería seguir en este colegio, porque era mi tortura. Lo merecía, y eso no había nada ni nadie, que pudiese cambiarlo. Cuando ya casi era la hora de comer, me quedé dormida.

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