El caballero abrió la puerta de madera de una patada. Allí, delante suyo, se alzaba el trono que le correspondía, pero sabía que no estaba solo… Amkildohr le esperaba allí sentado, con el hacha sobre sus rodillas. Mientras desenvainaba la espada, su enemigo se ponía en pie. Corrieron el uno hacia el otro y, con todas sus fuerzas, ….
“Ring~ ring~”
Abrí los ojos y miré el reloj de mi mesilla. “Las ocho y media, ¿quién puede ser a esta hora?”
Me levanté y cogí el teléfono.
- ¿Diga? – tenía la boca seca y me notaba cansado. ¿Qué habría estado soñando?
- Cariño, soy yo. – era la voz de mi madre – ¿Has preparado ya tus cosas para marcharte al Seikatsu Gakuen?
- ¿Eh? Ah, sí, claro. Anoche me fui a dormir tarde porque estuve haciendo la maleta y recogiendo mi habitación – mentí. Lo que había estado haciendo era pasarme música al Ipod.
- Te he dejado algo de dinero en la mesa de la cocina para el taxi. Acuérdate de llevar el neceser, ¿de acuerdo? No sé si tu padre y yo tendremos tiempo esta semana de llevarte al instituto lo que te dejes olvidado en casa.
- Mamá, tampoco soy tan descuidado.
- ¿Seguro? No sé, hijo. Solo tienes la cabeza en esos videojuegos tuyos. No sé por qué te gustan tanto, de verdad…
- Bueno, sí, vale… Te cuelgo, que tengo que prepararme para irme. Aaadiooos.
- Llámanos esta noche… – fue lo último que le oí gritar antes de colgar.
Para variar, mis padres estaban taaaan ocupados con el trabajo que no eran capaces ni de despedirse de mí en persona. Menos mal que ya estaba acostumbrado.
Me puse manos a la obra. Desconecté todos los cargadores que tenía enchufados y los guardé en la maleta. También guardé los juegos que me quería llevar, metí la DS en la mochila y abrí el armario.
“Humm… allí llevo uniforme, así que no me hará falta casi ropa, no?” – pensé mientras giraba mi cabeza y dirigía mi vista a la Wii. – “No, mejor no, no sé si tendré televisión allí y, al menos el neceser y la ropa interior tienen que caber”.
Empecé a tirar mi ropa interior a la maleta cual jugador de la NBA y decidí que me llevaría un pantalón de chándal, que me vendría de perlas si algún día tenía que saltar alguna valla, y un pantalón largo de color marrón. Aparte de eso, metí cinco camisetas, una sudadera blanca, el neceser y mi mascarilla anti polen.
Cuando terminé de preparar lo que me quería llevar, fui a la cocina, me comí un bollo que encontré por ahí y guardé le dinero en el bolsillo. Metí en la mochila las medicinas para la alergia, encendí el Ipod y salí a la calle.
El taxi me dejó justo en la puerta. Al menos, por fuera el infierno parecía un lugar agradable… Me dirigí hacia donde veía ir a todo el mundo que entraba y llegué a la secretaría. Allí, me dieron el horario, la lista de profesores y las llaves de la habitación, y me fui corriendo para inspeccionar el lugar.
Mientras vagaba por allí con mi maleta y mi mochila a la espalda, pensando que tal vez la enfermería podría ser un buen sitio para esconderme cuando me aburriese en clase, me topé con una multitud que colapsaba el pasillo. Miré por encima de sus cabezas y me di cuenta de que estaba equivocado. O allí eran todos unos enfermizos o la enfermera estaba muy buena, cosa que me daba lo mismo. El caso era que la enfermería era un foco de gente y tendría que buscar otro sitio para relajarme… en fin.
Por el pasillo escuché cómo cuchicheaban algunas chicas y decían que habían visto a no sé qué cantante guapísimo y a la protagonista de un drama de moda. “Puf… encima eso… espero que esos famosetes no estén en mi clase. Bastante he tenido con conocer a los clientes súper pijos de mis padres como para encima tener que aguantar a dos estrellas del cine y el pop cada día”. Pensar eso hizo que me entrasen ganas de correr y marcharme de allí, pero acababa de llegar a la puerta de mi habitación, así que, al menos por ese día, me quedaría allí y vería qué pasaba.
